CÓMO SER TEMPLARIO HOY: EL CAMINO DE UNA BÚSQUEDA
ESPIRITUAL EN EL MUNDO OCCIDENTAL
PATRICK EMILE BRACCO
…
En nuestros días, a través de toda Europa o
América, se constata un florecimiento de movimientos templarios, como si el
hecho de añadir la palabra Temple o Templario a cualquier grupo bastara para
darle título.
Es cierto que en el seno de algunos de estos grupos
se encuentra un verdadero espíritu caballeresco cristiano. Pero al lado de
esto, ¿de cuántas manifestaciones patológicas podemos ser testigos?
No hablaré de estos bravos “Templarios” que no
presentan más que el aspecto de guardianes de cementerios encargados de
realizar el plan de las sepulturas, o todavía de estos hiper-especialistas
históricos, más ratas de biblioteca que auténticos hombres de terreno. En todos
estos casos, el espíritu templario está bien lejos. Pero ¿en qué términos
podemos definir hoy el espíritu templario?
Cuando era aceptado como templario, este último
debía conformarse con ciertas obligaciones de la Regla del Temple, que eran: la
obediencia, la castidad, la pobreza, la fraternidad, la hospitalidad y el
servicio a los ejércitos. No olvidemos que el Temple era una orden monástica y
que sus miembros debían seguir sus reglas de una manera estricta.
El espíritu templario reposaba sobre ellas y su
respeto representaba una apuesta sublime donde el honor y la fe tenían partes
iguales.
Este espíritu animaba a los hombres que debían ser,
a la vez, santos héroes, especulativos y hombres de acción, administradores y
jefes de guerra. Debían aceptar, además, que la acción personal servía a la
comunidad y no a la reputación de un hombre, por alto que estuviese en la
jerarquía. Y todavía más que la gloria del Temple, servir a la gloria de Dios.
Se trataba de ser digno del blanco manto y digno de sí mismo, saber conducirse
en este mundo de ilusiones como un verdadero servidor de Cristo.
Pero hoy día, ¿cómo se puede, por una parte,
conciliar estas obligaciones con la vida profana y, por otra parte, defender el
ideal cristiano en un mundo donde reina la indiferencia?
Nuestra Orden actual no tiene una vocación
monástica, así como también las obligaciones del Templario deben ser
interpretadas con detenimiento. El mundo y las cosas han evolucionado desde el
siglo XII, también es preciso saber adaptar estas reglas.
La castidad no debe ser una ausencia de relación
carnal con el ser amado, sino más bien una huida de toda impureza y de todo
desahogo malsano.
Tratar de reencontrar el verdadero sentido del amor
físico, dándole su lugar como en el amor afable, una fusión de dos seres
humanos no sólo por unos instantes, sino por toda una vida.
La pobreza: tampoco es cuestión aquí de comprometer
a los Caballeros en la pobreza absoluta, sino hacerles comprender que en un
momento se puede perder todo en la vida, pero la verdadera riqueza no está en
los bienes exteriores, sino en lo que hay en el corazón.
Es preciso saber también, y esto concierne a otras
dos obligaciones que son la fraternidad y la hospitalidad, que el templario
debe saber compartir con su hermano menos afortunado que él (recordemos el
simbolismo de dos templarios sobre el mismo caballo) y que él debe saber abrir
su puerta y su corazón a los desgraciados que pueda encontrar en su camino.
La obediencia: cuando se entra en una orden,
cualquiera que sea, el primero de los mandamientos es la obediencia. La
obediencia y el respeto por las reglas son los únicos medios de mantener las
estructuras de un organismo en función, sin no la anarquía se instala y
nosotros tenemos demasiados ejemplos alrededor de nosotros para querer
seguirlos.
El servicio a los ejércitos: la Orden del Temple no
está aquí para batirse de una manera física; no llevamos espada, ni armadura;
no es cuestión de restituir cualquier compromiso militar. Pero recordemos que,
en caso de conflicto, hemos elegido un ideal espiritual, y que este ideal haría
falta saberlo defender con las armas en la mano si fuera necesario.
Temo que muchos Hermanos, presentes o ausentes, no
hayan ponderado de una manera suficientemente seria el peso de su compromiso en
nuestra Orden. ¿Cuántos no han sido seducidos más que por la apariencia, el
porte del manto blanco, el título de Caballero, pero los actos, los hechos,
dónde están? ¿Qué han hecho ellos por la Orden en general y por su evolución en
particular?
Si no se nace Caballero, se puede, sin embargo,
llegar a serlo y para ello se debe tomar y seguir un cierto camino que comienza
por una iniciación. Esta iniciación va a permitir al hombre profano que quiera
entrar en el Temple, separarse de las coacciones exteriores y de su historia
personal. Va a alejarse de su medio inmediato, limitado y obtuso por confiar al
Universo y a la Humanidad todo, dándole una dimensión sagrada.
El sentido de esta ceremonia invariable es ayudar
al nuevo Hermano a afrontar la angustia provocada por un compromiso profundo y
permanente. Esta ceremonia vivida por los que obtienen el título y por los
Hermanos crea un lazo entre los adeptos y, si es vivida intensamente, puede
provocar una auténtica comunión.
Comprendemos que estas ceremonias iniciales son muy
importantes en el sentido de que pregonan un deseo de despertar el hombre
dormido y de hacerle tomar conciencia de un posible estado superior, lo que era
una de las misiones del verdadero Temple.
Nosotros, que hemos elegido la vía de la Caballería
Templaria, sabemos que la meta que nos hemos fijado no es la Jerusalén
Terrestre, sino la Jerusalén Celeste.
Para hacer actos de beneficencia o tener una
conducta moral irreprochable, no es necesario entrar en el Temple. En nuestro
caso, esto debe ser la consecuencia directa de una búsqueda situada mucho más
alto. Hace falta, pues, comprender que el Temple es también el vehículo de una
búsqueda esotérica para cada Caballero, y la síntesis de esta búsqueda es la
formación de una encrucijada de civilizaciones y de corrientes espirituales
primordiales, cuyos participantes se harían Guardianes de la Tradición,
transmitida por vía esotérica desde el cristianismo primitivo (comprendemos
mejor así las relaciones entre los Templarios y los musulmanes durante las
Cruzadas, mucho más hechas de comprensión mutua que de traición del
cristianismo por parte de los primeros).
Guardemos el espíritu abierto a la diferencia y
practiquemos la tolerancia, así podremos tener ya un estado de espíritu apto
para una comprensión más sutil de las cosas.
Cuando comienza a existir, el hombre se interroga
sobre el sentido de su vida; desgraciadamente las respuestas que aporta a estas
interrogantes son vagas e insatisfactorias, y se ve obligado a contentarse con
opiniones, de creencia o de fe. El sentido de esta verdadera búsqueda
existencial no será dado más que por un camino interior, guiado a la vez por la
Fe, la voluntad de alcanzar el logro marcado y la intuición; tres cualidades
indispensables para cualquier éxito temporal o espiritual.
La corriente templaria es una de las grandes vías
occidentales que ha llevado en su seno los medios de desarrollar esta búsqueda
espiritual y, más allá de esta simple búsqueda, ha propuesto a los templarios
realmente dignos una realización mucho más importante… Quien tenga orejas que
oiga…
Hemos dicho que nuestra meta era la conquista de la
Jerusalén Celeste, la que cada uno lleva en lo más profundo de sí y que le
permitirá, si llega a conquistarla, trascender el simple estado mortal que
tenía hasta ese momento. Para confirmar esto, miremos el símbolo que llevamos
en el hombro izquierdo: es una cruz, sin el hombre crucificado, y no por ella
directa y únicamente ligada al cristianismo, pero sí a una tradición muy
anterior que creía que el hombre caído estaba estrechamente atado a los cuatro
elementos de la manifestación y que sólo por el centro de esta cruz podía
extraerse el hombre elegido y digno de figurar con los justos a la derecha del
Padre Eterno.
Comprender, mis Hermanos, que el Temple ofrece esta
posibilidad a los que tienen bastante coraje, voluntad y perseverancia para
emprender y mantener tal camino, pero el resultado al final es digno de la
gracia que nos ha hecho Dios permitiéndonos estar aquí, pues no olvidemos que
este trabajo no se hace únicamente en un sentido egoísta, sino también, y sobre
todo, por la Más Grande Gloria de Dios: “Non nobis, domine, non nobis sed
nomini tuo da gloriam”.
Patrick Emile Bracco

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