La guerra de profanación y
la orden de caballería
Entre los recursos financieros de origen pacífico de la Arabia preislámica, nos
encontramos con el diezmo sobre las importaciones comerciales, diezmo que
recaía sobre el jefe de la ciudad o de la localidad de la feria. Para atraer a
los extranjeros se había institucionalizado felizmente los meses de “la tregua
de Allah”, ni que decir tiene que una feria coincidía siempre con una
peregrinación o una fiesta religiosa. Debido a rivalidades tribales, estos
meses sagrados diferían según las distintas regiones. Así que en el mes de
Raÿab había un estado de perfecta calma en toda la extensión del territorio
habitado por las tribus mudaritíes; y el mes de Ramadán hacía del territorio de
las tribus de Rabia un asilo para los extranjeros. La paz reinaba así en más de
la mitad de la península arábiga: los mudaritíes traficaban en el país Rabia en
el mes de Ramadán y los Rabia podían dirigirse al territorio de los mudaritíes
en el mes de Raÿab. La región de Meca,-Taif,-medina, estaba particularmente
favorecida, ya que gozaba de cuatro meses de tregua, de los cuales tres
consecutivos, lo que hacía posible el doble viaje de ir y volver hacia las más
lejanas regiones de Arabia. Esta tregua se respetaba en general con gran
escrupulosidad. Siempre que se profanaba por recurrir a las armas, se nombraba
con gran escándalo “guerra de profanación” (Tiyâr). Los orígenes de esta
institución son oscuros pero se habla de cuatro violaciones de esta tregua en
Meca, antes del Islam. Sin entrar en los detalles de estas guerras, cuyas
causas eran generalmente bastantes pueriles, es suficiente que Muhammad parece
haber participado en las dos últimas, en su juventud, a menos que los dos
incidentes que vamos a contar, no se refieran más que a una sola guerra. Leemos
en efecto que, en una guerra de profanación, Muhammad había herido con su lanza
al célebre guerrero Abû Bazâ’ Mulâ’ib al-Asinna. El otro relato nos dice cómo
Muhammad ayudaba a sus tíos, en la cuarta guerra de Profanación, pasándoles
flechas: (más tarde él dirá, como nos lo cuenta ibn sa’d: “Yo no quisiera haber
obrado así”; ahora bien Mulâ’ib al-Assinna era el comandante enemigo en la
cuarta guerra; pero la tercera estalló igualmente entre las mismas tribus.
Una orden de
caballería
La guerra tenía una causa ridícula pero había vertido
mucha sangre. Az-Zuber, un tío del profeta, que no solamente había llevado su
clan, sino que había también tomado parte activa en el “estado mayor” mequí en
esta ocasión, parece tener remordimientos y es él quien toma la iniciativa de
hacer renacer el orden caballeresco de Hifl al-Tudûl. Una multitud de jóvenes y
viejos mequíes asistió a la ceremonia, en la casa del rico y venerado ‘Abdallah
ibn Yud’ân y juró lo que sigue: “¡Por Allah!” que seremos todos como una sola
mano con el oprimido contra el opresor, hasta que este último reconozca sus
derechos, y esto por tanto tiempo como el mar sea capaz de mojar un pelo o los
montes Hirâ y Yabîr están en su sitio y todo con igualdad para todos en lo que
concierne a la situación económica del oprimido”.
Entre los que
habían prestado juramento hay que señalar los Banû Hâchin (familia de Muhammad)
y sus parientes y aliados los Ban’ la Muttalib, así como los Banu Zuhra
(familia de Abu Bakr y de ‘Abdallah ibn Yud’ân). Según ibn al-Yauçi (Wafa’, p
137-8) estaba entre los participantes no sólo los Banû Asad (familia de Waraqa
ibn Naufal y de Jadiya) sino también los Ahâbîch, grupo de tribus aliadas de
los mequíes y habían jurado de no dejar ni en Meca ni en el país de los Ahâbich
a ningún oprimido sin prestarle socorro hasta hacerle reconocer lo que es de
derecho. Muhammad no cesó de estar orgulloso, incluso después de haber
reclamado el rango de enviado de Allah de haber asistido al Hilf al-Tudûl, en
la casa de ‘Abdallah ibn Yud’an y decía que no estaba dispuesto a ceder este
honor, incluso por un rebaño de camellos rojos y que si aún en ese momento lo
llamaran, él estaría siempre dispuesto a responder. En efecto, los miembros de
esa caballería fueron siempre un poder temible en Meca. Citemos algunos
ejemplos:
Un yemení de la tribu de Jaz’am,
acompañado de su hija, se trasladó a Meca en peregrinación, Un mequí de los más
poderosos, Nuba ibn Al-Hayyây, tomó a esta hija por la fuerza. Se aconsejó al
padre pedir auxilio a Hil al-Tudûl. En seguida la casa de Nuba fue sitiada. No
viendo forma de defenderse comenzó a pedir en súplica la gracia de una sola
noche con la encantadora y bella muchacha de la que se había enamorado. Nada
hizo conmover a los Tudûlíes y Nuba tuvo que devolver sin tardanza la chica a
su padre.
Otro extranjero
de la tribu de Zulnâla (o Azd) había vendido mercancías a Buey ibn Jalaf, uno
de los más importantes jefes de Meca, pero éste no quiso después, pagar el
precio convenido. Desesperado por ello, el Zumali apeló a lo fudûlíes; estos
dijeron; “Ve a casa de Ubaiy y dile que vienes de ver a los fudûlíes; y que; si no te paga enseguida, que espere
nuestra llegada”. Buey pagó inmediatamente.
Un comerciante de la tribu de Zubaid vino a vender
algunos bienes a Meca. Abû Yahl -sujeto del cual tendremos más incidentes que
relatar- prohibió a los otros comerciantes negociar con el zubaidí y él mismo
le ofreció un precio muy bajo. La influencia de Abû Yahl era tal que nadie osó
ofrecer un precio más alto. El comerciante, desolado, fue a ver a Muhammad;
éste compró la mercancía: tres camellos, en el precio pedido por el
propietario, por tal motivo tuvo un vivo altercado con Abû Yahl, cuyo malhumor
era proverbial. Puede ser que este incidente fuera lo que lo hizo alejarse, uno
del otro sin que llegaran nunca a reconciliarse.
Acabemos con un hecho que data después de la
proclamación de su misión divina: el mismo Abû Yahl compró alguna cosa a un
árabe de la tribu de Arâch y luego no quiso pagar el precio convenido.
Desesperado por ello, el vendedor se dirigió delante de la Kaaba, y comenzó a
quejarse. Abû Yahl se había vuelto ya el peor enemigo de Muhammad en toda Meca.
Un mal bromista sugirió al arâchí hablar a Muhammad del caso, añadiéndole que
sólo él podía arreglar el asunto con Abû Yahl. Esto no era más que una broma,
las malas relaciones entre Muhammad y Abû Yahl eran del dominio público. El
arâchí, que ignoraba esto se dirigió a casa del Profeta, y le suplicó ayuda,
Muhammad se levantó inmediatamente, y en compañía del arâchí se dirigió a la
casa de Abû Yahl. Después de haber dicho el objeto de la visita, Abû Yahl, pagó
la deuda rápidamente. Más tarde, contó a sus sorprendidos amigos que los golpes
de llamada que Muhammad había dado en la puerta, causaron un temblor de tierra
en toda la casa, lo que lo dejó horrorizado; y que Muhammad estaba acompañado
de un camello gigante que como loco echaba espumarajos por la boca: “Si yo
hubiera tardado en pagar, el camello gigante me hubiera devorado”.
Sea por lo que sea los
mequíes estaban orgullosos de esta institución que intervino en diversas
componendas durante muchos años. El único problema era que no admitía nuevos
miembros, y que al cabo de algunas decenas de años fue disuelta por la muerte
de los últimos miembros de la orden.
Otra
orden
En el Nasab Quraich de Zubain ibn Bakkâr (fol 97 a ms. Koprulu) hace
mención a otra orden de caballería (de la cual no conocemos la fecha): La tribu
Zuhra de Meca así como las de Ghayatil (Banû Sa’d ibn Sahm) se ponen de acuerdo
para no dejar a nadie entre los quraichíes y los Ahâ bich hacer daños o crear
resentimientos reconciliando a las partes o deshaciendo entuertos. Se la llamó Alianza de
Reconciliación ( hilf as-silah). El resto de los quraichíes ni se opuso ni la
despreció; no participó tampoco.

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