Antecedentes
Los orígenes de las Cruzadas en general,
especialmente
Alejo Comneno, que ya había
empleado anteriormente a mercenarios normandos y de otros países de occidente,
escribió una carta al papa Urbano
II, solicitándole su apoyo y el envío de nuevos mercenarios que
lucharan por Bizancio contra los turcos.
Urbano II, aparentemente por
pura fe, fue mucho más allá de esta limitada expedición y, en el concilio
de Clermont (1095) predicó
La predicación de Urbano II
provocó un estallido de fervor tanto en el pueblo llano como en la pequeña
nobleza (no así en los reyes, que no participaron en esta primera expedición).
De resultas de esta explosión,
muchos abandonaron sus posesiones y se pusieron en marcha hacia Oriente. A los
nobles,
Mucha gente humilde, en
cambio, se limitó a ponerse en marcha, llevando consigo a sus familias y todas
sus escasas posesiones. Éstos fueron los primeros en partir.
La cruzada de los pobres
Simultáneamente a Urbano II,
varios predicadores, entre los que destaca Pedro
el Ermitaño, consiguieron inflamar a una gran multitud de gente
humilde, que se puso en marcha de forma absolutamente desorganizada. En su
camino cometieron varias matanzas de judíos y se
enfrentaron a las tropas húngaras
y bizantinas,
cuyos territorios atravesaron, causando disturbios y saqueos a su paso.
Alejo Comneno, alarmado ante
el desorden provocado por esta masa, se apresuró a facilitarles el paso al otro
lado del Bósforo. Desde allí,
la multitud se internó en territorio turco, consiguiendo una victoria inicial,
pero descuidando absolutamente la retaguardia, por lo que fueron masacrados y
esclavizados fácilmente. Pedro el Ermitaño consiguió volver a Bizancio y unirse
a
La cruzada de los príncipes
Más organizada fue la llamada Cruzada
de los príncipes (que es la que se identifica habitualmente como primera
Cruzada), dirigida por segundones de la nobleza como Godofredo
de Bouillon, su hermano Balduino
(que comandaban a los franceses del norte), Raimundo
de Tolosa, jefe de los provenzales, (que se pretendía líder de la
expedición, aunque su autoridad era muy discutida), y el príncipe normando —y enemigo
acérrimo de los bizantinos— Bohemundo
de Tarento, entre otros. Su líder espiritual era el cardenal Ademaro
de Puy.
Al mando de varios
contingentes fuertemente armados, confluyeron por diferentes rutas a Constantinopla
durante el invierno y la primavera de 1097. Allí, tuvieron una serie de
desacuerdos con el emperador Alejo Comneno,
llegando al combate abierto con los akritai del emperador, que finalmente
consiguió hacerles jurar que todas las posesiones antes bizantinas que fueran
liberadas por los cruzados volverían a manos del imperio. A tal efecto, dispuso
un contingente de tropas bizantinas mandadas por el general Taticius (de origen
turco, curiosamente) cuya misión era seguir a los cruzados, tomando posesión de
los territorios recuperados.
En su camino a través de
Anatolia, derrotaron de forma sorprendente a los turcos selyúcidas, al ser subestimados
por éstos, en Nicea y Dorilea
(que sí volvieron a manos bizantinas). Llegando a Siria, Balduino de Flandes se separó del
resto y se apoderó de la ciudad de Edesa
(hoy Urfa, en Turquía),
que estaba en manos de cristianos armenios. Este condado fue el
primero de los estados francos (como les llamaban los árabes, por ser los
cruzados principalmente franceses) de ultramar.
La primera plaza fuerte que se
encontraron fue Antioquía
que sometieron a un largo asedio de siete meses, en el que los cruzados pasaron
terribles penalidades, y en el que derrotaron a varios ejércitos turcos que
pretendían socorrer la ciudad. La ciudad cayó, por traición, el 3 de junio de 1098, y poco después los cruzados
pasaron de ser sitiadores a ser sitiados, aunque los ejércitos turcos venidos
desde Mosul se retiraron
por sus divisiones internas.
Bohemundo de Tarento, usando
artimañas, provocó la retirada de los ejércitos bizantinos que les habían
acompañado en la expedición, y, alegando deserción por parte de éstos, retuvo
la ciudad para sí, rompiendo el juramento hecho al emperador. De esta forma
nació el segundo estado franco. Los emperadores bizantinos no olvidarían nunca
la reclamación sobre Antioquía, que finalmente conseguirían.
En Antioquía se produjeron
también dos sucesos importantes para la cruzada: la muerte de Ademaro de Puy,
que mantenía unidos a los cruzados, y el hallazgo (fraudulento) de la reliquia
de
Desde Antioquía los cruzados
marcharon hacia Jerusalén, en aquel momento disputada entre los fatimíes de Egipto y los turcos de Siria. Por
el camino, conquistaron diversas plazas árabes (entre ellas el futuro Krak
des Chevaliers, que fue abandonado), y firmaron acuerdos con otras,
deseosas de mantener su independencia y de facilitar que los cruzados atacaran
a los turcos. En el camino realizaron atrocidades que han quedado grabadas en
la mente de los musulmanes hasta el día de hoy. Arrasaron por completo la
ciudad de Maarrat-Al-Numan tras asesinar a toda la población (unas diez mil
personas) e incluso, devorar parte de los cadáveres. Además, la turba de
desesperados fanáticos que acompañaba a los soldados y era utilizada como punta
de lanza en los combates solía desperdigarse por el campo buscando musulmanes
con la intención de asesinarlos y comérselos.
Conquista
de Jerusalén durante
Jerusalén, mientras tanto,
había cambiado de manos varias veces, en los últimos tiempos y desde 1098 se encontraba en manos de los fatimíes de Egipto. Los cruzados llegaron ante
las murallas de la ciudad en junio de 1099. Tras el correspondiente asedio,
los cruzados tomaron la ciudad el 15 de julio de 1099, desencadenando una terrible
matanza de hombres, mujeres y niños, musulmanes, judíos o incluso los escasos
cristianos que habían permanecido en la ciudad. Dos mil judíos fueron
encerrados en la sinagoga
principal, a la que se prendió fuego. Uno de los hombres que participó en
aquella masacre, Raimundo
de Aguilers, canónigo de Puy, dejó una descripción para la
posteridad que habla por sí sola: «Maravillosos espectáculos alegraban
nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de
los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más
lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no
se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en
la mezquita edificada sobre el templo
de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares
la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que
matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a
Algunos jefes cruzados, como
por ejemplo Gastón
de Bearn, trataron de proteger a los civiles agrupados en el Templo
dándoles sus estandartes pero fue en vano porque al día siguiente un grupo de
caballeros exaltados los masacró también. Solo se salvó una parte de la
guarnición, protegida por juramento de Raimundo de Tolosa.
Los cruzados nombraron
gobernante de Jerusalén a Godofredo de Bouillon, que tomó el título de Defensor
del Santo Sepulcro. A su muerte en 1100,
fue sucedido por su hermano Balduino, que dejó Edesa y se convirtió en el
primer rey de Jerusalén, Balduino
I
Con esta conquista finalizó

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