DE LA
ORDEN DEL TEMPLE A LA MASONERÍA TEMPLARIA
I. El final
de la Orden de
l Temple
“El tiempo
altera y borra la palabra del hombre, pero lo que se confía al fuego perdura
indefinidamente...”
RITUAL
MASÓNICO
Incineración
del testamente filosófico
Llegados a este punto, y tras el resumen histórico expuesto hasta el momento, se hace preciso retroceder nuevamente en el tiempo para tratar de hallar dónde se habrían gestado las conexiones directas entre el Temple y la Masonería.
Llegados a este punto, y tras el resumen histórico expuesto hasta el momento, se hace preciso retroceder nuevamente en el tiempo para tratar de hallar dónde se habrían gestado las conexiones directas entre el Temple y la Masonería.
La abolición
de la Orden del Temple fue decidida por el Concilio de Vienne, en el valle del
Ródano, en el año de 1311. Para la historiografía oficial, éste sería el inicio
de un prolongado final, cuyo desenlace se materializaría definitivamente con el
suplicio del último gran Maestre de la Orden, Jacques de Molay y Geoffrey de
Charney, Preceptor de Normandía, ardiendo “a fuego lento” en una hoguera de la
isla de los Judíos de París, frente a la gran catedral de Nôtre-Dame. Era un
fatídico lunes, 11 de marzo de 1314 (según el calendario juliano, 18 de marzo
según el gregoriano), víspera de san Gregorio.
Cuando
pensamos en la actitud pasiva con que generalmente los templarios asumieron la
disolución, salvo en algunos casos aislados en España en que se resistieron con
las armas a la orden de arresto, no podemos por menos que preguntarnos cómo es
posible que esta orden de arresto en Francia tomase por sorpresa a los
mandatarios de la Orden. Por fuerza, algunos oficiales reales tuvieron que
advertir discretamente a miembros de su familia que profesaban en el Temple
sobre el golpe de mano que urdía el rey Felipe IV “el Hermoso”. Esto no es algo
que se prepare de la noche a la mañana, y resulta imposible concebir el
desconocimiento absoluto por parte de las más altas instancias templarías. Del mismo
modo que este sobreaviso podría explicar las pocas cosas que se incautaron en
las encomiendas tras el arresto, cabría pensarse con lógico fundamento que
entre la inmensa mayoría de templarios que permanecieron libres en el resto de
Europa, hubiese quienes se reuniesen para decidir cómo afrontarían su futuro
tras las decisiones pontificias que habrían de fijar su destino definitivo. Tal
como señala el historiador francés Michel Lamy en La otra historia de los Templarios, el Temple, en buena parte, permanecía
en libertad, sus comendadores se reunían cuando lo estimaban oportuno, los
freires vivían en sus castillos, celebraban sus capítulos e incluso mantenían
contactos entre los miembros de los distintos Estados. A pesar de estar
descabezados por la prisión de su Gran Maestre Jacques de Molay, resulta
evidente que la vejez de éste tenía por fuerza que haber planteado ya la
necesidad de un sucesor inmediato. Es por todo lo expuesto que estudiosos como
el mencionado Lamy, con las debidas muestras precautorias, consideran que
existen múltiples razones para creer en una transmisión de la herencia
templaría.
Diversas
órdenes militares y monásticas de toda Europa, e incluso las hermandades laicas
de la Fede Santa italiana, fueron los herederos “oficiales” de la Orden del
Temple, aunque en ningún caso cabe pensar que hubieran recibido igualmente la
herencia espiritual y los diversos secretos que dimanan de la tradición
templaría.
Sobre una
continuidad clandestina de la orden del Temple mucho se ha venido escribiendo
incluso desde su misma supresión en la segunda década del siglo XIV, y
especialmente a partir del siglo XVIII. Como ya hemos dicho, resulta indudable
que, si no como tal Orden del Temple estructurada y organizada, muchos fueron
los templarios que sobrevivieron, que tuvieron diferentes destinos, e incluso
es un hecho que gran parte de ellos ingresaron en nuevas órdenes militares
creadas ex profeso para recibir los bienes y caballeros templarios, tal es el
caso de la orden de Montesa en el reino de Aragón y la de Cristo en Portugal.
Pero independientemente de estas evidencias “prolongatorias” del Temple, lo que
mayores controversias suscita es la posibilidad de una continuidad
ininterrumpida y secreta de la tradición templaría, transmitida hasta nuestros días.
Para no
entrar una vez más en este sempiterno y complicado debate, sobre el que se han
vertido ríos de tinta, diremos únicamente que a tenor de un manuscrito
recientemente hallado en la Biblioteca Nacional de Madrid por la documentalista
Gloria de Válor, resulta innegable que en el siglo XVII, cuando menos en
España, existía un denominado “Prior del Temple”, de nombre Fr. Pablo Inglés,
que recibe de la reina doña Mariana de Austria “doscientos escudos, por cuenta de los doscientos ducados de pensión,
que tiene situados sobre algunas Rectorías y Prioratos de la Orden”... Este
documento, sobre el que no existe la más mínima duda de autenticidad, se halla
actualmente en estudio, y resulta ya por sí mismo una prueba fehaciente que
demuestra una continuidad templaría. Pero no es la única; además de ésta, de
entre las muchas y variopintas ramificaciones prolongatorias que se proponen,
estaría también la de la masonería.
Un detalle
significativo al respecto lo encontramos incluso durante el largo proceso inquisitorial
al que se sometió a la Orden, cuando y el traidor y delator Squieu de Floyran
fue apuñalado por miembros de las guildas de constructores inmediatamente
después del arresto del Gran Maestre Jacques de Molay y de los Caballeros para
ser sometidos a la infame parodia de juicio por todos conocida.
II.
Filiación de Larmenius: entre jesuitas y masones
Una de las
más controvertidas filiaciones, que hoy día esgrimen algunas órdenes
neotemplarias, es la que se asienta sobre la denominada Charta Transmissionis.
Esta carta no
ha sido lo suficientemente estudiada como para permitir una opinión concluyente
sobre su supuesta falsedad, y así lo expresan algunos investigadores que se han
ocupado del asunto, entre ellos los británicos Lynn Picknett y Clive Prince en
su obra La Revelación de los Templarios.
Cierto es que hay algunos detalles, y entre ellos precisamente la inexistencia
de estudios exhaustivos, que hacen sospechar de su invención, pero en cualquier
caso, quienes adolecen de la necesaria cautela y se permiten la audacia de
pronunciarse de manera taxativa incurre en una manifiesta carencia de
rigurosidad que muy poco dice en favor de las tesis, deslegitimadoras o no, que
promueven. Tal es el caso del masón F.T.B. Clavel en su Historia pintoresca de la francmasonería, pues a tenor de cuanto
expone pareciera que maneja una información tan exhaustiva que esclarecería
hasta de los más nimios detalles, lo cual no deja de resultar poco creíble, y
hasta sospechoso…
Insistimos en
que la única postura razonable y sensata a la hora de emitir un juicio de valor
sobre los datos de que se dispone hoy por hoy, es la mantenida por los citados
Picknett y Prince, o por Michel Lamy, quien en La otra historia de los Templarios, dice que “resulta en verdad
difícil pronunciarse sobre esta carta cuyo carácter apócrifo no ha sido nunca
claramente demostrado, así como tampoco su autenticidad”.
La carta se
atribuye al caballero Johannes Marcus Larmenius (el armenio), que habría
sucedido en la clandestinidad a Jacques de Molay. En ella constarían las firmas
de todos los grandes maestres del Temple que, desde Molay, se habrían ido
sucediendo en la sombra, cuando menos hasta 1804 en que ocupó este elevado
rango el masón Fabré-Palaprat.
El documento
fue escrito en latín codificado, dispuesto en dos columnas en un pergamino de
gran tamaño adornado con ricos motivos arquitectónicos, y curiosamente, si no
atenemos al desciframiento y traducción del original llevado a cabo por el
paleógrafo J.S.M. Ward, aparece el término “grado” para designar, por ejemplo,
a la Maestría templaría. Esto, sin ningún género de dudas, representa una clara
alusión a la terminología masónica, a pesar de que algunas traducciones
posteriores de instancias neotemplarias afines al catolicismo, y por ende interesadas
en desterrar cualquier vinculación de la Masonería con el Temple, omiten y
sustituyen estos términos por otros más acordes a la terminología templaria
exotérica.
En el
documento, Larmenius comienza refiriéndose a Jacques de Molay y señalando:
Yo, hermano
Johannes Marcus Larmenius, de Jerusalén, por la gracia de Dios y por el grado
más secreto del Venerable y Supremo mártir, el Maestre Supremo de la Orden del
Temple, que Dios tenga en su gloria, confirmado por el Consejo común de la
Hermandad, poseedor del grado más elevado de Maestre Supremo de toda la
Orden del Temple, a todos los que lean esta carta de decretos, salud, salud.
En las firmas
de los Maestres que se fueron sucediendo - se sabe de algunos que fueron
masones -, podemos ver otras referencias a la palabra “grado”:
Yo, Johannes
Marcus Larmenius, hice entrega del presente escrito el 18 de febrero de 1324.
Yo, Theobald,
recibo el grado de supremo Maestre con la ayuda de Dios en el año de
Cristo 1324.
Yo, Arnald de
Braque, recibo el grado de supremo Maestre con la ayuda de Dios en 1340
d.J.C.
Otro pasaje
interesante es en el que Larmenius arremete contra los templarios huidos a
Escocia en estos términos:
Por último,
por decreto de la Asamblea Suprema y por la Suprema autoridad a mí otorgada,
deseo y ordeno que los templarios escoceses desertores de la Orden sean
maldecidos, y que ellos y los hermanos de San Juan de Jerusalén – se refiere a los hospitalarios -, expoliadores
de la propiedad de la Orden de los Caballeros (que Dios tenga piedad de ellos),
sean expulsados del círculo del Temple, ahora y para siempre.
Una hipótesis
plantea, sin embargo, que esta carta que supuestamente data de 1324, fue en
realidad fraguada en el siglo XVIII por el duque Felipe de Orleáns, quien se la
habría encargado a un jesuita de nombre Bonnati (o Bone). En cualquier caso, lo
que sí parece cierto es que el duque de Orleáns fue elegido Gran Maestre de los
templarios en 1705, en Versalles, donde se redactaron los Estatutos de una
Orden que incluso llegó a ser años después impulsada por Napoleón (como ya
hiciera con la francmasonería francesa al colocar a su hermano al frente de
ésta), hasta el punto de autorizar una ceremonia solemne en la iglesia de San
Pablo y San Antonio en memoria de Jacques de Molay. Corría el año 1808, y era
por entonces Gran Maestre de esta orden el ex seminarista, médico y masón
Raymond Bernard Fabré-Palaprat, el cual seguramente siempre creyó en la
legitimidad de su filiación.
Curiosamente,
en la tradición de Larmenius, éste calificó a los caballeros medievales de la
Orden huidos a Escocia como los “templarios desertores”, lo cual hace pensar
que, si efectivamente la carta de transmisión fue una invención de elementos de
la masonería decimonónica, tan dados algunos de ellos a fabricar falsos
documentos históricos, genealógicos y filiativos, lo que se pretendía con ella,
desde instancias de la masonería francesa, es deslegitimar o arremeter contra
la filiación escocesa. ¿Chauvinismo, o meros subterfugios de la masonería
regular, cuya intención sería deslegitimar la incipiente masonería jacobita?...
En cualquier
caso debemos señalar que varios cultivados eruditos creen que este documento es
auténtico, y en tal caso las dos tradiciones que existen (la escocesa y la de
Larmenius), habrían vuelto a ser unidas por el Chevalier Ramsay, del que
hablaremos más adelante, cuando llevó consigo el antiguo Rito escocés a París,
donde el príncipe Carlos Estuardo vivía en el exilio.
III. La
tradición jacobita
El abad Velly
en su Historia de Francia refiere que
cuando los cuerpos de los dignatarios del Temple, Jacques de Molay y Geoffrey
de Charney, no eran más que unos restos carbonizados, el pueblo se abalanzó
hacia las hogueras, a pesar de que permanecían allí algunos guardias, “y
recogió ceniza de los mártires para llevársela como una preciosa reliquia.
Todos se persignaban y no querían oír nada más.
Su muerte fue
bella, y tan admirable e inaudita, que todavía hizo más sospechosa la causa de
Felipe “el Hermoso”...”
Antes del
fatal desenlace, entre la muchedumbre, grupos de tres o cuatro Compañeros
constructores, canteros y carpinteros, que eran una especie de tercera orden
corporativa bajo la protección de los Caballeros del Temple, habían oído la voz
de Molay como una sentencia. A decir de Robert Ambelain, gran maestro de varias
obediencias masónicas, esta sentencia significaba para ellos a la vez una orden
para avanzar y una esperanza...
Según un
documento que a decir de Michel Lamy cabe fechar hacia 1745: “los templarios
que escaparon al suplicio abandonaron sus bienes y se dispersaron, unos se
refugiaron en Escocia, otros se retiraron a lugares apartados y escondidos
donde llevaron una vida de ermitaños”. En España, un caso muy evidente de esto
último lo encontramos en el refugio en la ciudad eremítica de Cívica, auténtico
dédalo excavado en la roca, de templarios procedentes de varias encomiendas de
la provincia de Guadalajara, entre las que estarían las de Torija, Albares y
Ocentejo, y seguramente también las de Peñalver, Campisábalos y Albendiego. Cabe
pensar por ello, respecto del documento de 1745 a que se refiere Lamy, que el
refugio en Escocia de varios templarios fugados de Francia también sea una
realidad. Además hay pruebas más que notorias de que esto fue así, tal como
veremos. Por otra parte, y ello también lo corrobora Lamy, lo que está más que
constatado es que la flota templaria del Mediterráneo, y sin duda una parte de
la del Atlántico también, se refugió en Portugal y España, siendo luego
recuperadas para las órdenes de Cristo y Montesa respectivamente. Otra parte de
la flota, si nos atenemos a los testimonios del Maestre de Escocia, Walter de
Clifton, y de otro Caballero Templario, William de Middleton, habría zarpado,
al mando del comendador de Ballantrodoch “allende la mar” y con rumbo
desconocido...
Algunos
estudiosos han presentado argumentos convincentes de que la francmasonería tuvo
sus orígenes en la herencia templaria. Tal es la hipótesis de los
investigadores británicos Michael Baigent y Richard Leigh en El Templo y la Logia, y también la del
historiador norteamericano John J. Robinson en Nacidos en sangre. Sin embargo, en ambas obras se llega a la misma
conclusión desde diferentes caminos.
Para Baigent
y Leigh, la continuidad de los templarios habría partido de Escocia, mientras
que Robinson investigó los orígenes de los ritos masónicos actuales, viéndose
también conducido por esa pista hasta los templarios. Ambos libros se
complementan y proporcionan una visión amplia de los vínculos que habría entre
esas dos grandes organizaciones.
Las
divergencias entre Baigent-Leigh y Robinson es que los primeros consideran que
la francmasonería tuvo su origen en los templarios refugiados en Escocia, y que
pasaron a Inglaterra en 1603 cuando ocupó el trono el rey escocés Jaime IV. Por
el contrario Robinson piensa que fue en Inglaterra donde se convirtieron en
francmasones los templarios, llegando incluso a estar tras la insurrección
campesina de 1381, lo cual no resulta nada descabellado si consideraciones
detalles tan curiosos como que durante las revueltas se atacaron propiedades de
la Iglesia y de los Caballeros Hospitalarios –las dos organizaciones
principales enemigas del Temple-, mientras que se tuvo cuidado de no dañar las
antiguas construcciones templarias.
De lo que no
cabe ninguna duda es de que los templarios hicieron de Escocia uno de sus
principales refugios tras la disolución oficial, seguramente por que allí no
alcanzaba la autoridad de Roma, al haber recaído en aquella época sobre el país
un interdicto papal que situaba al rey, los nobles y los villanos en condición
de excomulgados.
Los actuales
caballeros templarios de Escocia, que se dicen descendientes de aquellos
fugitivos, celebran a las afueras de Edimburgo, en la capilla de Rosslyn -foco
de los francmasones modernos-, los aniversarios de la batalla de Bannockburn,
acaecida el 24 de junio de 1314. En esta batalla, en la que Roberto I (Robert
Bruce) derrotó definitivamente a las tropas de Eduardo II de Inglaterra (yerno
de Felipe IV “el Hermoso” de Francia, para más señas), el rey escocés contó con
el apoyo de un contingente de 432 templarios, entre ellos sir Henry St. Clair,
barón de Rosslyn y sus dos hijos Henry y William. Este último murió más tarde
en España junto a otros caballeros escoceses, atacando a los musulmanes, cuando
llevaba el corazón del rey Bruce (que había muerto en Cardross víctima de la
lepra) para enterrarlo en Jerusalén.
Fue con la
anulación en 1329 de la excomunión a Robert Bruce - tras los intentos que el
monarca escocés había hecho por recibir el perdón de la Iglesia, evitando con
ello que pudiera haberse organizado una cruzada contra su país como la que se
lanzó contra los herejes cátaros del Languedoc -, que el rey solicitó a los
templarios que se convirtiesen en una organización secreta, la cual daría
origen a las posteriores fraternidades masónicas.
Para
recompensar el valor de los templarios en la batalla de Bannockburn, Bruce
fundó la Real Orden de Escocia, de la que el rey sería Gran Maestre soberano y
los Saint Clair Grandes Maestres hereditarios. Esta Real Orden de Escocia
todavía hoy existe en secreto, pues el cargo de gran maestre sigue teniendo
carácter real. Muchos destacados templarios escoceses entraron a formar parte
de Real Orden, entre ellos el que por entonces era Maestre del Temple en
Escocia.
Al mismo
tiempo, Robert Bruce habría elevado de categoría a la Orden de Kilwinning del
Heredom (es decir, del “asilo” o “refugio”), que según la tradición era la
primera logia escocesa de los canteros que habían construido la abadía de
Kilwinning en tiempos del rey escocés David I, generoso benefactor de los
templarios, y que se transformó en la Gran Logia Real del Heredom, la principal
logia de Escocia, situada junto a la antigua abadía de Ayrshire. La familia
Saint Clair de Rosslyn presidía sus asambleas anuales, en su papel hereditario
de protectores del rey y del príncipe heredero, y también como vecinos
poderosos y amigos de los templarios, que tenían su cuartel general en
Ballantrodoch. Estas órdenes absorbieron a la proscrita Orden del Temple, y sus
doctrinas secretas se convertirían en las prácticas de los masones posteriores.
Andrew Sinclair, que es descendiente del príncipe Henry St. Clair, nos dice que
una autora muy versada en esta materia y miembro de la masonería escribió,
hacia 1912, que “la tradición que relaciona a Kilwinning con los grados
templarios es insistente y sale a relucir constantemente (...) Es verosímil,
pues explica la unión de la llana y la espada, tan notable en los grados
superiores”.
En modo
alguno resultan incompatibles ni se desvirtúan entre sí las filiaciones que se
esgrimen en la tradición masónica, que confirma al pretendiente Larmenius
asumiendo el cargo de Gran Maestre del Temple en Francia y excluyendo a la
nueva orden escocesa bajo la calificación de sus miembros como templi desertores.
Las mismas
tradiciones nos hablan que a la cabeza de los siete templarios que se
refugiaron en una isla de Escocia para contactar con el comendador escocés
George de Harris se encontraba el caballero Pierre d´Aumont, del que se decía
fue Preceptor de Auvernia y sucesor directo de Jacques de Molay. D´Aumont, que
más tarde fue nombrado Maestre de los templarios de Escocia durante el Capítulo
extraordinario celebrado el día de San Juan de 1313, habría velado los rituales
templarios tras los símbolos de la masonería y habría hecho que los miembros
del Temple escocés se hicieran pasar por “masones libres” o francmasones. Sin
embargo, así como algunos consideran falsa la tradición de Larmenius, otros
consideran falsa la tradición de D´Aumont, pues el Preceptor de Auvernia era
Imbert Blanke, que huyó a Inglaterra, donde fue encarcelado y liberado después.
Existe otra
versión de esta tradición en la que Pierre d´Aumont habría sucedido al frente
del Gran Maestrazgo templario al conde François de Beaujeau, a quien Jacques de
Molay antes de su suplicio habría encargado la misión de hacer revivir la Orden
y continuar su labor. El conde de Beaujeau no sólo habría restablecido la
Orden, sino que fue el depositario del tesoro y los secretos templarios.
En cualquier
caso, parece ser que en 1361 la sede de la Orden habría sido establecida en
Aberdeen, para luego expandirse nuevamente por toda Europa bajo el velo de la
Masonería.
Estas
tradiciones podrían entroncarse también con las que hacen del Rito Sueco de la
Masonería, del que es Gran Maestre el rey de Suecia, una fundación de los
templarios en el exilio. Y, curiosamente, la reforma masónica alemana conocida
como Estricta Observancia Templaría, fundada por el barón Von Hund en el siglo XVIII,
de la que hablaremos más adelante, se hallaba influenciada por la masonería
sueca; de hecho, como nos dice Antoine Faivre en El esoterismo del siglo XVIII, “importado de Francia y alimentado
por leyendas rosacruces por Eckleff, el “sistema sueco”, lleno de hermetismo,
acababa de ser introducido en Alemania por un desertor de la E.O.T., Johann
Wilhelm Ellenberg, conocido como Zinnendorf, médico y masón, hombre muy
ambicioso”.
IV. Los
Maestros Escoceses, el estuardismo y la Guardia Escocesa
Si bien la
masonería escocesa no fue establecida hasta 1736 como Gran Logia, existen
abundantes pruebas que demuestran que la masonería había existido en Escocia
desde hacía mucho tiempo atrás. Incluso si dejamos a un lado las nuevas
evidencias de Rosslyn, existen actas de las reuniones de las logias que se
remontan a 1598, y actas sobre Jacobo VI de Escocia en las que es inciado en la
Logia de Perth y Scoon en 1601, dos años antes de que se trasladara a vivir a
Londres, pues como se sabe también reinó en Inglaterra con el nombre de Jacobo
I.
Cuando en
1717 se estableció la Gran Logia de Londres, los miembros renegaron de sus
orígenes escoceses debido a que tales orígenes eran demasiado jacobitas para la
política censuradora de la casa de Hannover del momento. Casi un siglo después,
se fundó la Gran Logia Unida de Inglaterra y su nuevo Gran Maestre, el duque de
Sussex y otros hombres que no sabían nada del significado verdadero de la
masonería, hicieron todo lo que pudieron para transformar y suprimir los
rituales de los 33 grados del antiguo Rito escocés, a los que consideraba
ultrajantes, suprimiendo con ello los mensajes secretos que tan cuidadosamente
introdujeron en el primer rito escocés William St. Clair y otros descendientes
de los caballeros del Temple. Sin embargo, no puede dudarse que tales grados y
ritos (vinculados a los caballeros templarios y a la tradición Rex Deus) siguen
usándose en Escocia, Francia y Norteamérica. Ahora bien, lo que también es
cierto es que el acceso a dichos grados, así como lo que significan realmente,
se halla restringido a una minoría privilegiada., que para Hopkins, Simmans y
Wallace-Murphy son “los que ya saben, por su nacimiento, y los que han merecido
los niveles de confianza más altos en virtud de sus acciones”.
A pesar de la
negación por parte de la Gran Logia Unida de Inglaterra, el seno de la
Masonería contemporánea se desarrolló en Escocia, tras la desaparición de los
Caballeros del Temple, que habían basado sus propias creencias en las
enseñanzas de la primera Iglesia de Jerusalén. Todas las pruebas señalan a un
templario que extrajo los manuscritos secretos que enterraron los judíos meses
antes de que los romanos, en el año 70 d.C., destruyeran el templo y los
eliminaran. Si nos basamos en esto, en la capilla de Rosslyn, construida por el
conde William St. Clair en 1440, se hallarían las claves del origen templario
de la masonería escocesa, pues no sólo posee elementos simbólicos entre su
abigarrada ornamentación - donde el desorden es sólo aparente -, que aluden
claramente a la masonería, sino también a las familias Rex Deus, al linaje
sacro, a la historia oculta de los caballeros templarios, y a la Jerusalén del
siglo I. Entre lo muchos elementos a los que nos referimos, podemos comentar un
relieve existente entre dos pilares en el exterior de la capilla, que muestra
una ceremonia de iniciación al primer grado de la Masonería. El candidato,
arrodillado, tiene los ojos vendados y lleva una soga alrededor del cuello,
cuyo extremo sostiene un personaje ataviado con la túnica de los Caballeros del
Temple. Sus pies están colocados en la posición que los candidatos masones
continúan adoptando hoy en día en las ceremonias modernas, y en la mano
izquierda sostiene una Biblia. Este relieve fue realizado alrededor de 1450,
casi doscientos setenta años antes de la fecha en que, según afirma la Gran
Logia Unida de Inglaterra, se inició la Masonería.
Unos estudios
actuales muy interesantes son los llevados a cabo por sir Laurence Gardner,
plasmados en su obra La herencia secreta
del Grial. Gardner, que es prior de la Iglesia celta del Sagrado Linaje de
San Columba, Chevalier Labhràn de Saint Germain y miembro del Consejo Europeo
de Príncipes, es además un experto en genealogía y mantiene estrechas
relaciones con la Casa Real de los Estuardo. Ello ha posibilitado que para la
elaboración de su exhaustivo estudio sobre ciertas familias de la nobleza
europea encuadradas en una tradición denominada Rex Deus, que nos habla de
alianzas entre antiquísimos linajes europeos que se remontan a Bizancio y a la
Palestina bíblica, el príncipe Miguel de Albany permitiese a Gardner consultar
los documentos de caballería y de la Casa Real estuardista. Asimismo ha
consultado documentos en los Archivos Jacobitas de Saint-Germain. Del complejo
asunto de la tradición Rex Deus también se han encargado otros investigadores
británicos como Michael Baigent, Richard Leigh, Henry Lincoln, Christopher
Knight, Robert Lomas, Marilyn Hopkins, Graham Simmans y Tim
Wallace-Murphy.
Gardner ha
conseguido gracias a ello averiguar cosas tan interesantes como que en 1128
Hugo de Payens, primer Maestre del Temple, había pactado con el rey David I de
Escocia tras el Concilio de Troyes en que se fundó el Temple, y que san
Bernardo de Claraval había promovido la integración de su poderosa orden
cisterciense en la Iglesia celta. Lógicamente, este dato convierte ya en algo
más que en mera especulación la tradición que nos habla de un san Bernardo
iniciado en los misterios druídicos, e incluso otorga rango de veracidad a esa
famosa carta número XII (excluida por la Iglesia de sus Obras Completas), en la
que san Bernardo le habla a Hugo de Payens del bautismo iniciático del Hombre
Primordial entre los celtas y de la “ciudad de los sacerdotes druidas”:
Bethphagé (¿Baphomet?).
Siguiendo con
el pacto entre Payens y el rey David I, diremos que este entregó a los
templarios los territorios de Ballantrodoch, adyacentes al estuario de Forth
(un lugar conocido a partir de entonces como el poblado del Temple),
estableciéndose al principio al sur de Esk. Sucesivos monarcas escotos apoyaron
y promovieron la Orden, especialmente Guillermo “el León”. Los templarios
recibieron gracias a ello grandes extensiones de tierras, en su mayoría cerca
de Aberdeen (otro dato importante que explicaría el por qué se establecieron
allí tras pasar a la clandestinidad) y Lothians, así como Ayr, la zona oeste de
Escocia. Tras la batalla de Bannockburn, en la que ya hemos comentado que
participaron los St. Clair, además de otros miembros de las familias Rex Deus
(entre ellos un Montgomery), los templarios aumentaron su presencia en las
zonas de Lorne y Argyll. A partir de Robert Bruce, que como ya dijimos se
convirtió en soberano y Gran Maestre de los templarios escoceses, todo sucesor
Bruce y Stewart (Estuardo) era templario desde el momento de su nacimiento. En
nuestros días, el príncipe Miguel de Albany, jefe de la Casa Real de los
Estuardo y descendiente directo de Robert Bruce, ostentaría tal condición.
Dice Gardner:
“Los libros de historia actuales y las enciclopedias afirman casi unánimemente
que los templarios desaparecieron en el siglo XIV. Pero se equivocan. La Orden
de Caballería del Templo de Jerusalén (distinta de la de los masones
templarios, creada con posterioridad) continúa floreciendo en la Europa continental
y en Escocia”… Y nosotros sospechamos, por la mención que en el apartado de
agradecimientos Gardner hace de la Ordo Supremus Militaris Templi
Hyerosolymitani (OSMTH), quienes se hallan detrás de esa “Orden de Caballería
del Templo de Jerusalén” a la que se refiere…
En 1593 el
rey escocés Jacobo I de Inglaterra (que reinó en Escocia como Jacobo VI tras
suceder a su madre María Estuardo) fundó la Orden de San Andrés del Cardo.
Indicar que el cardo era el emblema de Escocia y san Andrés el supuesto evangelizador.
En ese mismo año fundó también la Rosa Cruz Real con treinta y dos caballeros
de la citada Orden de San Andrés del Cardo. Jacobo era en ese momento Gran
Maestre de los masones operativos de Escocia.
Habiendo sido
olvidada a falta de un reclutamiento valedero, o ratificada en secreto, la
Orden de San Andrés del Cardo fue restablecida en 1687 por el rey Jacobo II,
antes de su exilio en Francia. Es de esta forma como aparecería abiertamente
una orden masónica en 1659 denominada Orden de los Maestros Escoceses de San
Andrés, probablemente fundada por el general Monck, que era un masón aceptado.
El grado de Maestro Escocés de San Andrés, que durante mucho tiempo se mantuvo
en secreto, encabeza la masonería jacobita, es decir estuardista, a partir del
siglo XVII. El grado es único y sucede al de Maestro Masón ordinario, aunque
eventualmente.
Tanto en las Ordenanzas Generales de 1743 de la Gran
Logia de Francia (con filiación masónica jacobita), como en la obra del abate
Calabre-Péreau, L´Ordre des Franc-Maçons
trahi et leur secret révélé (La Orden de los Francmasones traidores y su
secreto revelado), fechada en Amsterdam en 1744, aparecen dos testimonios
muy importantes sobre la existencia de una Orden de los Maestros Escoceses,
especie de masonería superior que no revela sus objetivos ni sus orígenes, y
que no son otros que los Caballeros de san Andrés, es decir, los partidarios de
los Estuardo, que disimulan sus raíces para infiltrase más fácilmente en la
masonería francesa.
Indicar que
en España, el movimiento conocido como de los Alumbrados, sinónimo de
Illuminati, derivó también de las primitivas logias masónicas seguidoras de los
Estuardo.
En el
manuscrito de Devaux d´Hugueville, Instrucción
general del grado de Caballero Rosa-Cruz”, fechado en 1746, se hace constar
que en el siglo XVIII se encontrará el grado de Maestro Escocés de San Andrés
asociado al nuevo grado llamado Rosa Cruz, el cual porta diversos títulos:
“Caballero Rosa Cruz”, “Caballero del Águila”, “Caballero del Pelícano”, “Masón
de Heredom” y “Caballero de San Andrés”. Según Ambelain, el ritual de esta
orden evoca la reconstrucción del Templo de Jerusalén por Zorobabel y sus
Compañeros, cuando regresó del exilio en Babilonia. En secreto, evoca también
al retorno a Gran Bretaña después del exilio en Francia, con la restauración de
los Estuardo.
Por su parte,
el historiador A. Sinclair apunta que “los templarios se identificaron con los
constructores guerreros de Zorobabel, que convencieron al rey Darío de que
permitiese la reconstrucción del Templo de Jerusalén. Heredaron de los
gnósticos y de san Juan la creencia de que el Templo era el centro místico del
mundo; así se resistían secretamente al poder y a la autoridad de los papas y
de los reyes de Europa. Los emblemas de color blanco y negro de su orden, una
cruz octogonal roja sobre un hábito blanco, manifestaban su gnosticismo y su
maniqueísmo, la creencia en la lucha continua en el mundo del demonio contra la
Inteligencia de Dios. Legaron a los masones los losanges blancos y negros y los
mosaicos dentados de sus logias. Y antes de morir el último de los grandes
maestres, Jacques de Molay, “organizó” e instituyó la que después se llamaría
masonería oculta, hermética, o del Rito Escocés”.
Un hecho
significativo de toda esta relación que encontramos entre los monarcas
escoceses exiliados en Francia, ha sido la tradicional colaboración militar
franco-escocesa, derivada natural de la auld
alliance, o “vieja alianza”, que se inició con el tratado de 1326 entre
Robert Bruce y Carlos IV de Francia. Esta colaboración se mantuvo durante la
guerra de los Cien Años y aun siglos después. Fueron tropas escocesas las que
desempeñaron un relevante papel en las campañas conducidas por Juan de Arco y
se distinguieron en el sitio de Orléans. La influencia escocesa en Francia por
aquel entonces fue notable. Reseñable es incluso la posterior creación de un
ejército permanente por parte de Carlos VII - primero en su especie que existió
en Europa tras la desaparición del Temple -, cuyo regimiento de élite era la
Compagnie des Gendarmes Écossais. Con ello se honraban más de 100 años de
servicios distinguidos de las tropas escocesas a la corona francesa, que
culminaron en 1424 durante la sangrienta batalla de Verneuil, donde cayó
aniquilado casi todo el contingente escocés al mando de John Stewart, conde de
Buchan. Este acto colectivo de valor y la lealtad durante tanto tiempo
demostrada, llevaron a la creación de una unidad especial de tropas escocesas
encargadas a la protección personal del rey de Francia, conocida como Garde
Ecosse (Guardia Escocesa). Todos los oficiales y comandantes de esta Guardia
tuvieron además el honor de ser recibidos en la Orden de San Miguel, de la que
poco después hubo una rama en Escocia.
La Guardia
Escocesa, a diferencia de otras órdenes caballerescas europeas de militancia
teórica, como las de la Jarretera o la del Toisón de Oro, fue una orden militar
auténtica, que además de acciones de guerra desempeñó importantes labores en el
ámbito político y diplomático.
Las
similitudes entre la Guardia Escocesa y los Templarios, en todos los sentidos,
es muy significativa, hasta el punto de que la Guardia Escocesa reclutó a sus
oficiales de entre las más nobles familias de Escocia, algunas de las cuales
habían apoyado siglos atrás el ascenso al trono escocés de Robert Bruce y
promovido la independencia de su país, como los Seton, los St. Clair, los
Stewart o Estuardo, los Montgomery, los Hamilton… Curiosamente, estas familias
estaban íntimamente vinculadas con el Temple y con Rex Deus, e incluso en 1689
podía apreciarse en el entorno de los Estuardo una Orden de templarios que
combatía en nombre de los reyes escoceses y cuyo Gran Maestre era el vizconde
de Dundee, John Claverhouse.
Baigent y
Leigh refieren el caso de un Montgomery contemporáneo que les habló orgulloso
de la antigua relación de su estirpe con la Guardia Escocesa y de la existencia
dentro de la familia de una orden de caballería de tipo neomasónico y acceso
restringido llamada Orden del Temple, a la que todos los varones Montgomery
tenían derecho a entrar por el mero hecho de serlo. Este detalle sin duda
recuerda al sistema hereditario establecido por Robert Bruce en el Temple
clandestino.
V. Del Rito
Escocés de Ramsay al Rito Escocés Rectificado
El origen de
los grados y ritos masónicos es difícil de establecer, y son muchos y
variopintos. Por eso trataremos aquí brevemente los que nos interesan por su
posible vinculación con el Temple, y que no siempre son los grados y ritos
engalanados con el título de Escocés, ya que casi ninguno de estos tiene que
ver con Escocia y ni siquiera en dicho país se practican.
Aunque
durante el siglo XVIII ya fueron apareciendo grados superiores - aparte de los
tres clásicos del simbolismo masónico de Aprendiz, Compañero y Maestro -, que
luego pasarían a formar parte preferente del llamado Escocismo, con la
restauración monárquica y la subida al trono inglés de Carlos II la masonería
fue poco a poco recuperando sus antiguos cauces, si bien se mantuvieron los
grados superiores creados (Maestro Secreto, Perfecto y Elegido).
Un año
determinante en la masonería decimonónica, que sin duda marcó un antes y un
después, fue el de 1724, en el que el baronet escocés Andrew Mitchell Ramsay,
más conocido como Chevalier Ramsay, propuso a la Gran Logia de Inglaterra un
sistema que comprendía la adopción de tres grados superiores: Escocés, Novicio
y Caballero del Templo. Esta propuesta, que buscaba en el Temple raíces
prestigiosas para la francmasonería, fue rechazada por la Gran Logia inglesa,
mas sin embargo tuvo gran acogida en Francia. Estos grados fueron los
precursores de la gran cantidad de sistemas de toda índole que fueron
apareciendo después. La reforma de Ramsay al parecer sólo tenía por objeto la
restauración de los Estuardo, o el fortalecimiento del catolicismo en
Inglaterra.
En 1755, el
conde de Clermont y príncipe de sangre real, Luis de Borbón-Condé (que por
cierto consta como Gran Maestre del Temple en la Carta de Larmenius a partir de
1741), sustituye al duque de Antin como Gran Maestre de la masónica Gran Logia
de Francia. En ese momento Luis de Borbón gobierna en París una logia de tan
significativo nombre como Saint-Jean-de-Jerusalem. Posteriormente firma unos
Estatutos que servirán de reglamento para todas las logias del reino de
Francia, en los que se reconoce el nuevo grado de Maestro Escocés. Estos
Estatutos precisan además que sólo los Maestros de logia y los Maestros
Escoceses tendrán en adelante el privilegio de permanecer cubiertos en el
interior de la logia. No obstante, los Maestros Escoceses aventajarían a los
meros Maestros de logia, pues se les encomendó la misión de inspeccionar los
trabajos de las logias y restablecer el orden en caso necesario. Esta misión se
convertirá después en el privilegio de los que ostentan el grado de Maestro
Escocés de San Andrés o de Caballero Rosa Cruz en el Rito Escocés Rectificado o
en el Rito de Memphis-Misraïm, los cuales mantuvieron este uso antiquísimo.
Del Rito de
Memphis (fusionado desde 1908 con el de Misraïm), decir que se constituyó en
Francia en el siglo XIX, tras la expedición de Napoleón a Egipto, en la que
participaron varios científicos masones. Su fundador, Marconis de Négre,
sostenía que los templarios, antepasados directos de la masonería, habían
recibido su doctrina esotérica de una hermandad oriental fundada por “un sabio
egipcio de nombre Ormus, sacerdote de Memphis, convertido al cristianismo por
san Marcos”. Este Rito no sólo se le supondría continuación de los misterios
egipcios, sino también de la India.
En 1772 se
disolvió en Francia la Gran Logia, fundándose posteriormente el Gran Oriente de
Francés, el cual no aceptó más que los tres grados simbólicos del Rito Inglés,
a los que denominó Rito Francés. En cuanto a la joya masónica emblemática del
grado de Maestro Escocés de San Andrés, dejó de ser la misma una vez integrado
en el nuevo Rito Francés que suplantó al Rito Escocés Primitivo, el cual había
sido llevado a Francia por las logias militares estuardistas. Mucho más
esotérico es el que adoptará en 1778 en el Convento de Lyon, constitutivo del
Rito Escocés Rectificado: “En el anverso, una corona real sobre la que figura
la Cruz paté encerrada en un Sello de Salomón (estrella de seis puntas)
flamígero. En el centro, la letra mayúscula H, entre el compás, la escuadra, el
nivel y la plomada. En el reverso representa a san Andrés en su Cruz en forma
de X. La letra H puede significar Hiram o Heredom, la ciudad mística de la
masonería escocesa”.
Sobre el Rito
Escocés Rectificado, quizá una de las últimas manifestaciones del templarismo
masónico, cabe decir que tiene su origen en la Estricta Observancia Templaria
del barón Karl Von Hund, gran señor de Lipse, tras la que al parecer se
encontraría la tradición del Caballero d´Aumont que huyera a Escocia en los
tiempos de la persecución. Esta tradición, de hecho, tuvo especial acogida en
la masonería alemana.
En el
denominado Capítulo de Clermont, que se practicó en Alemania entre 1758 y 1764,
y era antecedente directo de la Estricta Observancia Templaria (E.O.T), se
proponía ya dos altos grados de carácter esotérico: Caballero de San Andrés del
Cardo y Caballero de Dios y de su Templo.
Como dijimos
al principio de este escrito, hay fuentes masónicas que atribuye a los jesuitas
la creación de la Estricta Observancia. Al respecto son de gran interés los
apuntes de René Guénon en su artículo La
Estricta Observancia y los Superiores Desconocidos, incluido en sus Estudios sobre la Francmasonería y el
Compañerazgo, obra fundamental a la cual remitimos. Para Guénon, no
obstante, esto parece algo obsesivo, pero en caso de ser cierto tendríamos que
los jesuitas, de una u otra forma, habrían intervenido en fraguar las dos
principales filiaciones templarias, la de Larmenius y la de los escoceses.
Lo cierto es
que este régimen masónico y templario de la Estricta Observancia tiene su
origen en la iniciación que Von Hund recibió en Francfort en 1742, y en la
concesión de los altos grados templarios, en 1743, en el Capítulo de Clermont
en París, por parte del príncipe Carlos Eduardo Stewart (Estuardo), que se
encontraría exiliado en Francia. Como quiera que se ha demostrado que no había
ningún Estuardo en París por esa fecha, muchos autores, entre ellos el propio
René Guénon, deslegitimaron toda esta historia. Sin embargo, nuevas evidencias
encontradas en los archivos de la Stella Templum (grupo escocés que se reclama
también heredero de la Orden del Temple), y que recogen Baigent y Leigh en El Templo y la Logia, y Hopkins, Simmans
y Wallace-Murphy en Los hijos secretos
del Grial, apuntan a que no fue Carlos Estuardo el que inició a Von Hund en
los altos grados templarios, sino que se trataría de otro templario escocés
ligado a Rex Deus; nos estamos refiriendo al conde de Eglinton, Alexander
Montgomery, lo cual es significativamente plausible, pues recordemos la
relación de los Montgomery con los Estuardo desde la época de Robert Bruce...
Este templario no sería otro que el famoso Eques
a Penna Rubra (Caballero de la Pluma Roja), que Von Hund había confundido
con un Estuardo al comprobar que alguno de los presentes, posiblemente Lord
Kilmarnock, se dirigía a él como “Stewart” o “Steward” (Senescal). Y es que ese
era precisamente su rango en la Orden del Temple.
Posteriormente
Von Hund se hizo otorgar el título de Gran Maestre de los templarios, lo cual originó
algunas protestas en el mundo masónico. En cualquier caso, creó la
Estricta Observancia Templaría, a la que con el tiempo pertenecerían figuras de
la talla de Mozart, Haydn o Goethe, y declaró haber recibido la misión de
reformar la francmasonería alemana y reconstruir la Orden del Temple, suprimida
en 1314 por el papa Clemente V. Esta misión, según él, la habría recibido de
unos “Superiores Desconocidos”, que es precisamente donde algunos masones, como
Ribeaucourt, han visto a los jesuitas, incluso se ha pretendido ver en las
iniciales S.J. o S.I. características de la Societas
Iesu las de “Superiores Desconocidos” (“Superiors
Inconnu” en francés).
Von Hund
introduce en sus rituales una doble leyenda: 1ª) su obediencia, la masonería
rectificada, procede de la Orden del Temple; 2ª) la masonería escocesa es la
obra de los Estuardo destronados (leyenda llamada jacobita).
Tras una
expansión considerable, una fusión con la Clericatura del ministro protestante
Starck, la creación de altos grados muy secretos reunidos en torno a un llamado
Colegio Metropolitano y otros acontecimientos más o menos tempestuosos, Von
Hund fallece en 1776. En 1782, la Estricta Observancia celebra un Convento en
el que, entre otras conclusiones, se llega a la de que la filiación templaría
solamente tiene un significado moral, místico cristiano. Es entonces cuando el
duque Fernando de Brunswick se convierte en el jefe del nuevo sistema con el
título de Gran Maestro General de la Orden de los Caballeros Bienhechores y de
la Masonería Rectificada. Sin embargo, hacia 1786 el duque Fernando se
desentiende totalmente de la Orden, y hacia el año 1806 ya no existe
prácticamente la Estricta Observancia Templaria. Sin embargo, antes de esa
fecha, entre 1774 y 1782, se había gestado en Francia el Régimen Escocés
Rectificado por parte de dos grupos de masones de Lyon y Estrasburgo, entre los
que cabe citar a Jean y Bernard Turkheim y Rodolphe Saltzmann, de Estrasburgo,
y sobre todo a Jean-Baptiste Willermoz, de Lyon, quien fue el artífice del
Régimen y dio forma a la doctrina del Rito.
Entre los
orígenes y fuentes del Régimen Escocés Rectificado tenemos a la Estricta
Observancia Templaría, también denominada “Masonería Rectificada” o “Reformada
de Dresde”, que era el sistema alemán que implantó Von Hund, y en el que el
aspecto caballeresco primaba absolutamente sobre el aspecto masónico. Como ya
dijimos, la Estricta Observancia no sólo pretendió ser la heredera, sino
también la restauradora de la antigua Orden del Temple abolida en 1312. Sin embargo,
el Rito Escocés Rectificado no aspira a ser tanto, y únicamente se conforma con
erigirse en detentador de una tradición espiritual templaria, mas en ningún
caso de una filiación histórica. Hoy día este rito de masonería cristiana se
sigue practicando en varias obediencias, entre ellas en la masonería regular
española.
Podemos decir
que, en lo que al aspecto “visible” se refiere, el Rito Escocés Rectificado
representaría el último eslabón de una cadena de transmisión entre los
templarios medievales y la masonería. Sin embargo, ¿existirán en nuestros días
otros eslabones no tan “visibles”?...
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